La Rendición Febril de Delfina en la Sala de Espera
El agotamiento quiebra el control férreo de la doctora en un incendio tabú de medianoche.
Las Venas de Delfina en Llamas de Lujuria Bisturí
EPISODIO 1
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La sala de espera del hospital parecía una tumba a esa hora, las luces fluorescentes atenuadas a un resplandor amarillo enfermizo que apenas perforaba las sombras. Era pasada la medianoche, y el aire colgaba pesado con el olor estéril del antiséptico mezclado con el leve, subyacente toque de preocupación y agotamiento. Sillas de plástico alineadas en las paredes, sus asientos de vinilo agrietados por años de cuerpos ansiosos moviéndose en ellas. Una máquina expendedora zumbaba débilmente en la esquina, su pantalla de neón parpadeando como un latido moribundo. Yo estaba ahí sentado, Javier Ruiz, codos en las rodillas, mirando el piso de linóleo rayado, mi mente un torbellino de miedo por mi hermana María, que acababa de salir de una cirugía de emergencia. Horas se habían difuminado en una eternidad, cada tic del reloj de pared un golpe de martillo a mis nervios desgastados. Entonces la puerta del pabellón quirúrgico se abrió de golpe, y ella salió—Dra. Delfina García. Incluso muerta de cansancio, era una visión que me pegó como una inyección de adrenalina. Veintidós años, fuego argentino en las venas, con pelo negro azabache en ondas desprolijas cayendo largo por su espalda, un poco revuelto por la maratón de la operación. Sus ojos color chocolate, enmarcados por un rostro ovalado de piel mocha, escanearon la habitación con cansancio antes de posarse en mí. Delgada a 1,68 m, su cuerpo era elegancia atlética bajo la bata blanca impecable, tetas medianas sutilmente delineadas por los buzos ajustados debajo. Se movía con una gracia decidida, sus pasos suaves en el piso, cargando una carpeta como un escudo. "¿Sr. Ruiz?" Su voz estaba ronca de fatiga, con ese acento argentino apasionado que me aceleraba el pulso. Se acercó, su presencia cortando la penumbra como una llama. Alcé la vista, y carajo, esos ojos...


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