El Hambre de Chloe Despierta en los Bastidores
El rugido de la multitud desata un anhelo salvaje en las sombras del escenario
Las Sombras de Terciopelo de Chloe en el Infierno Burlesco
EPISODIO 3
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Estaba de pie en las alas tenuemente iluminadas del teatro de burlesque, con el corazón latiendo como el bajo de la banda en vivo en el escenario. El aire estaba cargado con el aroma de perfume, sudor y anticipación, del tipo que se cierne pesado antes de una gran revelación. Chloe Thomas, la sensación australiana de 22 años que hacía su debut esta noche, estaba a punto de robarse el show. Había sido su ayudante de escenario durante semanas, instalando luces y accesorios, pero esta noche se sentía diferente. Sus ensayos habían sido eléctricos—esos largos mechones castaños ondulados cayendo por su piel marfileña, ojos avellana destellando con ambición. Delgada a 1,68 m, sus tetas medianas y rostro ovalado la hacían parecer una diosa esculpida para el pecado. El rugido de la multitud crecía mientras la cortina se abría tentadoramente. Ahí estaba ella, en un corsé brillante que abrazaba su cintura estrecha, medias hasta el muslo y un collarín apretado alrededor de su cuello como una promesa de sumisión. Se movía como fuego líquido, caderas balanceándose al jazz sensual, quitándose los guantes con lentitud deliberada. La observaba, hipnotizado, mis manos ansiando tocar lo que la audiencia solo soñaba. Su sonrisa amistosa durante la preparación ocultaba un núcleo impulsado, pero esta noche, alimentada por el aplauso, algo más salvaje se agitaba. Mientras giraba, su falda se elevaba, revelando bragas de encaje que me cortaron la respiración. El foco captaba el brillo en su piel, cada curva iluminada. El aplauso retumbó cuando adoptó su pose final, pecho agitado, ojos clavándose en los míos en las sombras por un segundo—eléctrico, hambriento. El intermedio se acercaba, y con él, mi oportunidad. La había adorado desde lejos, Rico Santos, el humilde ayudante de escenario con raíces portuguesas en este teatro de Sídney. Pero su mirada decía...


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