Las Llamas Entrelazadas de Carolina
Chispas de celos encienden una hoguera de rendición compartida
Las Llamas Ocultas de Carolina Arden
EPISODIO 4
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Estaba de pie al borde de mi estudio de arte en el acantilado, el viento salado del Pacífico azotando a través de las ventanas abiertas mientras el sol se hundía bajo, pintando el horizonte en naranjas ardientes y púrpuras profundos. El estudio era mi santuario, encaramado precariamente en estos acantilados mexicanos escarpados que daban a las olas rompiendo abajo, lienzos esparcidos como sueños olvidados, caballetes sosteniendo retratos a medio terminar de mujeres cuyos ojos parecían seguirte. Había invitado a Carolina Jiménez aquí bajo el pretexto de posar para mi próxima obra, pero para ser honesto, el colgante que le di semanas atrás pulsaba con un calor antinatural contra mis pensamientos: un sutil encantamiento que yo había tejido en él, atrayéndola de vuelta a mí como una polilla a la llama. Ella tenía 19 años, la serenidad mexicana encarnada, con cabello largo liso rubio que capturaba la luz moribunda como oro hilado, su piel morena cálida brillando contra el sencillo vestido de sol blanco que abrazaba su delgada figura de 1,68 m, tetas medianas sutilmente delineadas, ojos marrón oscuro con esa profundidad tranquila que aceleraba mi pulso. Cuando su taxi crujió por el camino de grava, sentí el zumbido del colgante intensificarse en mi bolsillo, sincronizándose con mi anticipación. Carolina bajó, su rostro ovalado sereno pero curioso, el vestido revoloteando contra sus piernas, revelando pantorrillas tonificadas de sus rutinas de yoga. Se movía con esa gracia sin esfuerzo, tranquila incluso en el entorno salvaje, pero yo sentía la corriente subterránea: la forma en que sus dedos rozaban el colgante en su garganta, su calor filtrándose en su piel. "Marcus", dijo suavemente, su voz como una brisa gentil, "este lugar es impresionante". Sonreí, guiándola adentro, la puerta crujiendo al cerrarse detrás de nosotros. El estudio olía a trementina y sal marina, grandes...


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