Las Llamas Abrazadas de Amelia
En el incendio del estudio, Amelia enciende su dominio sobre el deseo
Las Llamas Veladas de la Entrega de Amelia
EPISODIO 6
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El gran estudio latía con la energía de la exposición final, lienzos envueltos en sombras y focos proyectando resplandores dramáticos sobre los pisos de concreto pulido. Yo, Marcus Hale, estaba en el centro, ajustando la escultura final: una fusión retorcida de metal y vidrio que reflejaba el caos en mi alma. El aire estaba cargado con el aroma de pintura fresca y madera envejecida, los techos altos resonando tenuemente con el zumbido de la anticipación. Los invitados se agrupaban en racimos, sus murmullos una sinfonía baja, pero mis ojos estaban fijos en la entrada. Entonces apareció ella: Amelia Davis, mi musa, deslizándose por la puerta como una llama encendiendo la noche. A sus 23 años, su gracia americana era inigualable: figura esbelta de 5'6" envuelta en un elegante vestido negro que abrazaba su rostro ovalado, piel clara brillando bajo las luces, ojos verdes centelleando con determinación serena. Su largo cabello castaño ondulado caía en suaves ondas sobre sus hombros, enmarcando tetas medianas que se elevaban suavemente con cada respiración. Alrededor de su cuello colgaba el colgante, sus facetas capturando la luz como estrellas atrapadas, un símbolo de su poder naciente. Sentí mi pulso acelerarse mientras se acercaba, sus pasos medidos, caderas balanceándose con esa pose innata que me había atraído desde la primera sesión. "Marcus", dijo, su voz un susurro de terciopelo que cortaba la multitud, "esto es todo. La culminación". Sus dedos rozaron los míos al entregarme una copa de champán, el toque eléctrico enviando un escalofrío por mi espina. Podía sentir la tensión enroscándose entre nosotros, las llamas sin resolver de nuestros encuentros pasados: apasionados, prohibidos, transformadores. Victor Lang y Elena Voss llegarían en cualquier momento, sus presencias prometidas en invitaciones susurradas, convirtiendo esta exposición en algo mucho más íntimo. Los labios de Amelia se curvaron en una...


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